Colombia Típica.
- 6 feb 2017
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El pasado 22 de enero, la muy tradicional “Fiesta Brava” volvió a la plaza de toros la Santamaría después de más de cinco años de inactividad. Muchos conocíamos de antemano que las protestas llevadas a cabo por las juventudes animalistas eran inminentes, no obstante, lo que no esperaban muchos, muy a pesar de las disidencias entre los sectores a favor y en contra de las corridas, era que la violencia terminaría siendo el común denominador de una tradicional enfurecida multitud que no encuentra respuesta a sus peticiones y de una aún más típica respuesta violenta de parte del distrito.
Habría de argumentarse el ESMAD diciendo que su deber es el de proteger a los civiles, pues se habían reportados bastantes casos de agresión por parte de los manifestantes en contra de los asistentes a las corridas. ¿Están ellos mintiendo como muchos alegan? No, y nadie debería de renegarlo. No podemos escudarnos tras un montón de arengas revolucionarias si ni siquiera somos capaces de reconocer los errores en los que hemos incurrido. No podemos tampoco excusar ni defender al ESMAD por haber, nuevamente, abusado de su poder y de la muy cuestionada legalidad de su armadura, para empuñar el arma en contra del mismo pueblo; esto es también verdadero.
Antonio Caballero alguna vez en una columna dijo que “la represión ha sido la única política de seguridad y de orden público de todos los gobiernos en la historia de Colombia”, y estos hechos me han demostrado que aquella sentencia es verdad. No porque él la escribiera, sino porque la misma Colombia típica la siguiera reproduciendo de una manera tan inconsciente que me hace estremecer de miedo; tanto los manifestantes que recurrieron a la violencia como los del ESMAD que abusaron de su ‘legítima barbaridad’ son los espejos que repiten incesantemente la violencia que ha permeado los tejidos sociales de nuestra nación.

“¡No más toros, no más toros!”, entonaba la multitud frente a la plaza. Pensaba yo, ¿por qué no ser más ambiciosos, e incluso, más sensatos con ellos mismos? Deberían de alegar con igual ímpetu y pasión “¡No más violencia, no más violencia!”. Porque ellos, al igual que muchos, están cansados de tener que repetir una y otra vez lo mismo, de tener que llegar a extremos solo para poder recibir atención del gobierno. No podría yo justificar la violencia, de ninguna manera ni por ninguna causa, la violencia ante todo no pertenece a ningún bando, la violencia no es como en Colombia lo ha sido siempre: azul y rojo; más bien siempre ha sido negra y petulante.
Mientras adentro la gente gritaba “olé, olé, olé”, y afuera cantaban “libertad, libertad”, de nuevo la violencia fue silenciando las voces y oscureciendo las pancartas. Estas tradiciones colombianas deben de cambiar, la fiesta brava no solo sucede en Santamaría, sucede en todo el país todos los días. No podemos abusar más de las palabras así como los españoles lo hicieron con “la pacificación”, el deber como jóvenes de nuestro tiempo es no cometer los mismos errores de la historia, no proliferar los mismo “vicios de forma” a los que nuestra tradicional clase política ha recurrido y ha convertido prácticamente un patrimonio inmaterial y cultural del país.









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